«Reducir el estrés es un trabajo en sí mismo, que requiere dedicación»

Sra. Maria Pau González Maria Pau González, profesora de EADA, Escuela de Alta Dirección y Administración Directora del Programa de Dirección de Recursos Humanos.

El estrés, esa «lacra» de los tiempos modernos de la que pocos escapan se puede controlar, pero para ello hay que actuar individualmente y colectivamente. Maria Pau González, experta en la materia, explica cómo empezar.


No es ningún secreto que el estrés continuado puede derivar en enfermedades graves, y que el trabajo es uno de los principales focos de tensión. ¿Qué recursos internos puede activar la persona para reducir el estrés laboral?

La reducción del estrés ha de venir de fuera y de dentro: externamente, corresponde a la empresa actuar reduciendo la incertidumbre, definiendo claramente las funciones de cada profesional para que éste sepa lo que se espera de él, proporcionando formación, etcétera. Pero es muy importante que esas acciones vayan acompañadas de un trabajo interior que debe realizar la propia persona. No hemos de olvidar que la sensación de estrés se produce cuando ante una «amenaza» el individuo se siente incapaz de controlar la situación, se desborda y empieza a sufrir. Por el contrario, si la persona cree que tiene el control, aquello se convierte en un reto motivador y de crecimiento.

¿Y qué hay que hacer para pasar del «no controlo y me estreso» al «sí controlo y crezco»?

Varias cosas, para empezar hay que buscar el equilibrio psicológico analizando cuál es nuestra forma de percibir e interpretar la realidad en cualquier ámbito de la vida, y concretamente en el caso del trabajo hay que ver si la forma en que abordamos los cambios y las dificultades es desde la postura del miedo y la indefensión o desde el positivismo. Todo esto nos ha de llevar a conocer mejor nuestro perfil, con sus puntos fuertes y débiles, a querernos y a no marcarnos metas inalcanzables.

Por otra parte, conviene prestar atención al equilibrio fisiológico: cuidar la alimentación, descansar bien, practicar ejercicio moderadamente, desconectar... Y en tercer lugar, dotarnos de las herramientas y los recursos necesarios para controlar situaciones. Si hablamos de trabajo debemos tener presente que la mayoría de profesiones han cambiado mucho en los últimos años y para afrontar esa transformación uno debe prepararse. Si ante eso te cierras, te niegas a adquirir nuevos conocimientos o a modificar tu rutina lo único que consigues es quedarte fuera y acabas sintiéndote cada vez más desbordado y más ineficaz. La consecuencia es que la sensación de amenaza crece y el estrés entra en un círculo vicioso.

¿Y todo eso hay que hacerlo en solitario, sin ayuda?

No, es bueno buscar el apoyo de las personas que tienes cerca. El problema es que nos estamos volviendo duros en el trato social y muchas veces ni ayudamos ni dejamos que nos ayuden. Ese individualismo no nos lleva a afrontar la vida de forma amable. Las personas con una buena red de amigos, compañeros y familiares lo tienen más fácil para salir adelante, pero eso comporta que deben cuidar esa red. En definitiva, reducir el estrés es un trabajo en sí mismo que requiere dedicación, lo bueno es que puede llevarse a cabo, que está al alcance de todo el mundo.

Pero el punto de partida influye, no tiene la misma facilidad para hacer frente al estrés una persona positiva y que confía en sí misma que una pesimista.

Hay pocas cosas que uno no pueda modificar, todos tenemos un cierto margen de maniobra y en la medida en que uno se centra en ese margen, por mucho que genéticamente o debido a su entorno familiar sea pesimista, siempre habrá aspectos que pueda modificar. Hay personas que lo tienen más fácil y otras a quienes les costará más, pero todas pueden avanzar.

¿Hasta qué punto el origen del estrés puede encontrarse en una percepción errónea de la realidad?

Bueno, en ocasiones la persona dispone de los recursos necesarios para hacer frente a una situación difícil, pero ella cree que no los tiene y eso la lleva a actuar con la percepción que tiene en ese momento de sí misma de ineficaz e incapaz, y a partir de ese planteamiento la actuación es negativa, las consecuencias son negativas y eso refuerza la idea del: «lo ves, no eres capaz», cuando en realidad no es así.

Muchas veces para luchar contra el estrés hay que empezar por combatir esos mensajes negativos que no ayudan a la persona en absoluto a andar con buen pie por la vida.

El entorno tampoco es siempre favorable. En el trabajo, concretamente, se dan cada vez más casos de acoso psicológico, el cual suele generar un fuerte estrés.

�sa es una cuestión que hay que matizar porque las situaciones de agresividad en el trabajo existen desde hace mucho tiempo, pero antes no trascendían y ahora sí. Y es debido a dos motivos, a que la psicología llega a ámbitos a los que años atrás no llegaba y a que la cultura de pedir ayuda frente a situaciones de acoso en el trabajo ha crecido.

De todas formas, seguramente hoy los entornos laborales son más duros y creo que es debido a que estamos poniendo en funcionamiento unos ciertos modos de vida y unos valores que lo fomentan, por ejemplo la competitividad mal entendida, ya que el crecimiento profesional no tiene porque ir ligado a que uno sea violento. Hubo un momento en que esa agresividad se fomentó e incluso se premió y ahora estamos pagando las consecuencias porque a la larga no beneficia ni al trabajador ni a la empresa.

Afortunadamente, estoy detectando entre la gente joven que viene a los cursos de postgrado de EADA que son muy sensibles a ciertos valores que no eran tan relevantes hace diez años. Muchos, por ejemplo, están dispuestos a renunciar a un salario muy alto si conlleva una dedicación que les impida disponer de tiempo para su vida privada. La época del yuppie agresivo ha pasado.

Quizá los jóvenes son más sensibles a actuar contra los focos del estrés, pero aún hay muchas personas que piensan que la solución está fuera.

�sta es una cuestión sobre la que convendría incidir porque, al menos desde mi percepción, existe la tendencia a creer que la responsabilidad de hacer algo está fuera, todos tenemos un «punto ciego» que nos impide ver lo que nosotros mismos podemos hacer. Y es mucho lo que uno puede avanzar. Esto no quiere decir que si hablamos de responsabilidad individual dejemos fuera a la colectiva, ni mucho menos, han de ir juntas: la una sin la otra no funciona.

«La salud y la enfermedad no son cuestiones meramente individuales», aseguras, ¿qué quieres decir con eso?

Que frenar el SIDA, por ejemplo, depende de decisiones políticas y económicas. Eso supone que en cuestiones de salud existen diferentes niveles de responsabilidad: las individuales, las sociales, las empresariales, las gubernamentales... y deben ser compartidas.

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